Gazpacho andaluz

Hoy ya llegado el verano, el buen tiempo y las calores, les voy a recomendar un plato refrescante y muy nutritivo: el gazpacho andaluz. El gazpacho, como todos los platos, tiene un sinfín de variantes, depende mucho del lugar, de la experiencia y del gusto de cada uno. Yo lo fui aprendiendo de aquellos cocineros con los que trabajé en mis muchos años de cocina. Para la elaboración de un buen gazpacho, lo primero es tener unos buenos ingredientes: unos tomates rojos bien maduros, pimientos tiernos, cebollas frescas, pepinos tiernos, ajos, un trocito de pan, una pizca de pimentón dulce, aceite de oliva, sal, vinagre y unas ramitas verdes de perejil, que le acaba dando el sabor y la gracia de Andalucía. Para unas seis porciones, se pone en un recipiente un trocito de pan, unos dos kilos de tomates, una cebolla y media peladas, un pepino mediano, con piel o sin ella, a gusto del consumidor, con la piel estará más sabroso, dos pimientos o tres según tamaño, dos dientes de ajo, dos ramitas de perejil, una pizca de pimentón dulce, aceite de oliva, sal, vinagre, y aproximadamente un litro de agua. Todo previamente lavado y troceado, se mueve, se deja reposar un rato si es posible en la nevera, se tritura con la batidora, se pasa por el chino con la misma batidora y ya estará listo para comer. Se puede comer con guarnición, que sería de tomate, cebolla, pimiento, pepino y pan, todo cortado en daditos muy pequeños, o bien bebido. Hoy a través de mi ventana puedo ver como cae esa lluvia apenas visible, que no se si llamarle aguanieves, chiribiris, o aquella llovizna gris que describía Horacio Guaraní, en su composición, Memorias de una vieja canción. Es por esta lluvia invisible, que no se ve, pero si moja, por la que no puedo entrar hoy al huerto, menos mal que hice ayer la recolecta. Y como no puedo entrar en el huerto, hay una mirla de plumaje negro brillante y pico rojo que está dejando mi morera sin moras, a cero, y yo sin probarlas, ¡que cariño le tengo a la mirla, como la quiero. Ya se comió los madroños, los mejores nísperos, y pronto se comerá las brevas, y eso que ya le puse a manolo en el níspero, pero el pobre lo cogió una ventolera y se calló y lo tuve que dar de baja. Ayer contraté a Gervasio para que me cuide la morera y ha pasado la noche en lo alto del árbol, a la intemperie y aún sigue ahí aguantando la llovizna con la gorra sobre los ojos, tan quieto, tan ausente que ni la mirla advirtió su presencia.

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